De cómo podría perder parte de mi disco duro y la mayoría de las memorias de mi adolescencia sin consecuencias emocionales significativas
Siempre he pensado que todo lo que escribí antes de la universidad (con la única excepción del Último Suspiro de la Fe, que por alguna razón ha envejecido con algo de gracia) está plagado por una naivette intolerable, enfermo de una prosa incapaz y poco evocativa, infectado de un sentido patético del ritmo y una superficialidad dramática.
Hoy, platicando con Caro sobre su prosa particularmente fuerte y buscando algo que darle a leer, sin embargo, la razón fue, por primera vez, claramente obvia.
Nunca escribí nada interesante porque, antes de los 18 años, no había vivido nada interesante.
Nunca escribí nada interesante porque mi vida entonces, vista desde aquí, parece más bien un desastre mortalmente aburrido.
Esto, sin embargo, no es un handicap, sino algo terriblemente útil. El haber tenido una adolescencia y una niñez que no valieran la pena significa que no puedo echar a mirarme hacia atrás en vez de ver hacia adelante.
Y, sobre todo, significan que lo único por lo que vale la pena sentir nostalgia es el futuro.
