Tengo que admitirlo: me gusta mucho Milano.
Cierto: seria mejor en una ciudad con el doble de areas verdes y la mitad del graffiti mal pintado, con peliculas subtituladas y centros comerciales plenos de aire acondicionados y supermercados, con librerías en inglés o sistema de Amazon, con autobuses nocturnos y un centro o dos de la vanguardia contracultural Europea (y ciertamente sería mejor si de verdad alcanzase a decifrar los secretos de este país que sólo adivino en mi religiosa dosis diaria de periódico y transporte público).
Sin embargo, su seductora familiaridad, su complejidad enigmática, la dosis tremenda de estilo per capita, sus bares abiertos todos los días, sus cafés negrísimos de noventa centésimos y su población inmigrante conspiran para hacerme caer rendido ante ella.
Tengo que admitirlo: me gusta mucho Milano.

(Y sobre todo, me gusta la óptica que tengo cuando miro desde aquí).